viernes, 16 de octubre de 2015
El fruto prohibido (DMT) - 007 Entrenando
(...)
Me he sentado en la silla, mi sitio favorito para despegar. La noche estaba despejada, con cierta bruma a la altura de los árboles, que les infería cierta magia.
La bolsa de Volcano que tengo puesta ahora es bastante amplia, y da para unas seis caladas profundas. Pero cuando iba por la tercera, ya había despegado bruscamente. Y aunque me había preparado abrigándome antes de salir, me ha vuelto a suceder lo mismo que en otras ocasiones. Al entrar, he sentido muchísimo frío, sobretodo en mi espalda, como si la silla fuera de hielo. Las visiones habían arrancado satisfactoriamente, pero el frío no me dejaba ver apenas. He tenido que entrar corriendo en el salón, tirarme en el sofá y taparme. Todo era muy vertiginoso, los colores estaban cambiados, como mirando a través de un cristal amarillo, y cuando me he estabilizado, he disfrutado enormemente de mi entorno. Es complicado de explicar, pero durante unos minutos he sentido como si todo se hubiera congelado, paralizado, la sensación de quietud y silencio era absoluta.
Una vez que había despegado y me había dado cuenta de que ese frío era irreal, volví a salir a la terraza, a disfrutar. Ya habían pasado quince minutos, aunque aún seguía ciertamente dentro. Para saber si estoy dentro, miro la pared o el suelo, y si serpentea o hace dibujos, es que sigo allí.
Sin embargo, lo mejor de mi viaje de hoy estaba por llegar. He echado la cabeza hacia atrás y he mirado una estrella al azar, una que brillaba fuerte. Aún estaba dentro, porque veía más estrellas de las que habían a simple vista. Y mientras fijaba mi mirada a esa estrella, a los diez segundos aproximadamente, ha ocurrido algo. De pronto, se ha oscurecido todo, negro total, excepto esa estrella, esto acompañado de un zumbido grave. Era como si de pronto hubiera entrado en otro sitio totalmente distinto, un túnel cerrado, hermético, donde estábamos esa estrella y yo. Ha durado un par de segundos, pero he sido totalmente consciente. He intentado volver a hacerlo, mirando la misma estrella, y lo he conseguido dos veces más. No es la primera vez que tengo la sensación de que el entorno cambia cuando fijo la mirada en algo, y cuando levantas la mirada todo parece diferente.
Así, he convertido la salida de mi viaje en un pequeño ejercicio. He dejado la estrella y me he puesto a mirar la pared mientras salía definitivamente tras unos veinticinco minutos en total. Cuando fijaba los ojos, la veía tal cual es con los ojos normales, pero cuando distraía la mirada, empezaban los movimientos. Es algo parecido a aquellos cuadros de colores que salieron en los años noventa, en los que podías ver dibujos si lograbas concentrarte. Y en cierto modo, he notado que las visiones no las vemos realmente con los ojos de la cara, sino más bien desde dentro. Es algo que puedes sentir físicamente, puedes notar cómo tu glándula pineal está activa. Así ha terminado mi viaje, mientras en postura de meditación intentaba en vano volver a mirar desde dentro. Sin embargo, tengo la sensación de que sólo es cuestión de entrenamiento.
Antes de acostarme podría volver a viajar, pero el cuerpo está saciado por hoy, no me pide más experiencias. Mañana procuraré, sobre todo, evitar salir corriendo como hoy por un ataque de frío repentino. Es difícil controlar el despegue, pero en general ha vuelto a ser una gran experiencia.
Hasta pronto, compañeros de viaje.
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